Opinión / Virgen del Pecado
Mujeres periodistas, doble riesgo
“No hay personas ni sociedades libres sin libertad de expresión y de prensa. El ejercicio de ésta no es una concesión de las autoridades; es un derecho inalienable del pueblo”.
Todos queremos ser escuchados y respetados. No importa si es en nuestras escuelas, en nuestros trabajos, hogares o en la calle misma por nuestro gobierno y por la sociedad.
Creo fielmente que es una necesidad básica de la condición del ser humano el ser escuchado por otro, el tener la capacidad de comunicar sus ideas, sin importar el cómo, de ahí que tengamos tantas formas de comunicarnos.
Y más allá de una necesidad, es un derecho. Todos simplemente por el hecho de ser personas tenemos libertad de opinión y libertad de expresión. Esto incluye el derecho a mantener una opinión sin interferencias y a buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio de difusión, sin limitación de fronteras.
Por supuesto, la libertad de expresión tiene un límite, y uno de esos límites es cuando esta libertad muta a un discurso de odio, más aún si éste proviene de la autoridad.
Tenemos que hacer hincapié en la diferencia entre la libertad de expresión y el discurso de odio, y aprender a diferenciarlos. Así entendemos que el discurso de odio compone todo los mensajes ofensivos, sexistas, violentos, misóginos y discriminatorios ya sean verbales o visuales que se basan en prejuicios y estereotipos, por lo tanto mientras se minimice y ofenda al otro, atacando la moral, la vida privada y los derechos de un tercero estaremos frente a un discurso que no forma parte de la libertad de expresión.
Y bueno, ahora ya con esa diferencia, sabemos entonces que la libertad de expresión permite a su vez la libertad de prensa, que es un elemento crítico para la democracia, desarrollo y diálogo en una sociedad.
Las y los periodistas son nuestro primer reflejo a la administración pública, y además nos ayuda a mantenernos informados sobre la actualidad y el acontecer.
Por esto es de vital importancia garantizar el derecho de todos y todas a la libertad de expresión y, en específico, garantizar la libertad de prensa, pues ésta se debe considerar además como fuente importante para el cumplimiento de otro derecho humano: el derecho a la información.
El derecho de las y los periodistas a informar coexiste con el derecho la sociedad a estar informada, lo que nos alimenta, como población y ciudadanos de lo necesario para formar un criterio propio en relación a todo lo que nos rodea.
Asimismo, también es importantísimo que este derecho a la libertad de prensa sea abordado con perspectiva de género, porque ubicándonos en este contexto en el que vivimos en América Latina, donde aún existen prácticas antidemocráticas y sexistas, las mujeres periodistas están expuestas a un doble riesgo, del que por sí mismo conlleva la labor del periodista.
Las periodistas tienen que hacer frente a prácticas que buscan que la mujer sea invisible, pasiva y que además no revele información. Por eso se deben tomar en cuenta los riegos especiales y los obstáculos particulares desde la experiencia de las mujeres periodistas, para poder establecer políticas de prevención y protección que funcionen para todas y todos, y así garantizar el derecho a la libertad de expresión.
Es importante que como sociedad comprendamos que las agresiones tanto a defensores, activistas, periodistas y comunicadores, no se limitan a ellos en estricto sentido, sino que trasciende al tejido social y de ahí su profundo impacto para todos y todas en una sociedad que anhela respirar democracia.
No prevenir, frenar ni castigar estas agresiones, son claras omisiones que se leen como una doble vulnerabilidad para las personas que ejercen el periodismo y/o el activismo de la causa humana.
Por eso, el camino a seguir tiene que ir acompañado de un esfuerzo en donde sociedad y gobierno trabajemos juntos para frenar y revertir el espiral de agresiones contra las mujeres, el ejercicio periodístico y lo defensores civiles.
Foto: Redes sociales






