No supieron cómo ni cuándo. Es más, ni lo sintieron, cuando menos acordaron, ya estaban bien doblados, humillados, burlados y encabritados.
Conforman la bancada legislativa más nutrida, las del partido en el gobierno federal, son la primera minoría en el Congreso de Michoacán, y la que más risa y pena ajena da. Además de sus doce integrantes, están los tres ex perredistas de ADN y los cuatro del Partido del Trabajo, y todos juntos son el pomposo Bloque de la Alianza de la Cuarta Transformación, los supermegatodopoderosos del mundo mundial que valieron mad…res.
La sesión, histórica, de este domingo, estaba convocada a las 12 del día; antes, en Juaninos, se reunieron los de Morena; ahí afilaron uñas, acordaron que todos mostrarían por quién votaban. Los leales a Andrés Manuel llegaron al pleno a las 12.15, “¿qué tanto es tantito?”, dijeron.
Fermín Bernabé Bahena y Alfredo Ramírez Bedolla presumían que los votos no le alcanzarían a la terna del Gobernador, por lo que se iba a caer el plan maestro del Ejecutivo y “no habrá fiscal carnal”, juraron sobre la cruz. Incluso, soberbios y presuntuosos, salieron a decirlo a los medios antes de que iniciara la sesión.
Cuando ésta empezó, Cristina Portillo Ayala y Fermín Bernabé corrieron a quitar de su lugar a Francisco Cedillo de Jesús, mejor conocido ahora como el “diputeibol traidor” y se lo llevaron para instalarlo en medio de los dos; harta presión al hombre que apenas un día antes fue exhibido llorando al teléfono, acusando que había sido levantado por Gobernación para ser “obligado” a volver a “su” curul.
El miedo no anda en burro; Cristina y Fermín estaban preocupados, tenían temor que no votara por quien ellos querían. Al comenzar la sesión, los de Morena se burlaban. El objetivo de su enojo estaba allá en su lugar, a la derecha del padre (perdón, me resbalé), en el lado derecho del pleno.
Todavía en ese momento, Alfredo, Cristina y Fermín eran “amigos”, sonreían, burlones; la mirada brillante; las palmas casi aplaudiendo y empezó el circo.
Brenda Fabiola fraga Gutiérrez, del Partido del Trabajo, fue la única que subió a tribuna a intentar “razonar” el voto. Nadie la peló. Los de Morena no esperaban la traición de ella y del resto de los petistas. Los presentes avalaron que el tema ya estaba discutido y se procediera a votarlo.
Ni tardo ni perezoso, Alfredito empezó a distribuir las cédulas de quienes integraban la terna enviada por el Ejecutivo, entre sus diputados.
Y curul por curul, el destituido coordinador de la fracción guinda y su sucesor, Fermín, verificaban y ordenaban a los guindas y añadidos que votaran por María Guadalupe Morales, otra de la terna; Saúl Aguirre Hinojosa, ni figuró.
Ni ellos ni Cristina contaban con la astucia de Laura Granados, a quien intentaron imponerle por igual, por quién votar y le exigían que firmara las cédulas; fue tal el enojo de la bulleada legisladora morenista que se levantó, encabritada y arrojó las tres cédulas, algo que, evidentemente, no se puede hacer, por lo que sus papelitos fueron retirados. Ahí, endelante de todas y todos, dijo que anulaba su voto; ¡zas!, el primer ma… trancazo.
Breviario: Si a alguien hay que culpar de la decisión de Laurita, es a Portillo Ayala; su afán de estarla jodiendo, el acoso que le aplicó, hasta “nanas” le puso –uno de ellos, el hijo de su asesor dormilón-; y sí, seguro que la Lau le tiene miedito a la Portillo, pero hoy, le valió.
El pleito maquillado entre Fermín y Alfredo, quienes parecía que jugaban a la silla caliente, disputándose el lugar del coordinador del grupo parlamentario, -ambos dicen que son los meros, meros-, los distrajo gacho.
Y mientras ellos se sacaban la lengua, la Portillo intentaba por todos los medios que ingresaran unos “manifestantes voluntarios” a gritar consignas en contra de Adrián López Solís.
Cuando los doblaron -otra vez-, ni cuenta se dieron -otra vez-, (me acordé del Taibó). Cantaron el voto 27; Adrián sonreía; los del PRD sonreían; los del PRI sonreían y los del PAN, pos también.
El lado izquierdo del salón de plenos se ahogó en un absoluto silencio. Rostros enrojecidos, desencajados.
En el voto 29, ya no había marcha atrás. Los leales al nuevo fiscal aplaudieron el triunfo; los de enfrente seguían sin reaccionar. Silencio total. Así se quedaron. Mudos. Siguió la toma de protesta y, desde arriba, empezaron los gritos, pero éstos no fueron contra el de Guerrero: las filosas lenguas desnudaron al unísono: “¡traidora, traidora!”.
Cristina se revolcó llena de ira. Volvió la vista y trató de defenderse, “están locos, yo no soy la traidora”, reviró a sus atacantes, el pleito de mercado prometía más gritos, pero cuando uno de los suyos vio que ya empezaban a grabar la escena, la mujer se calló.
Los gritones eran, por cierto, morenistas indignados contra todos sus diputados que no exhibieron su voto; el único que se salvó del ataque, fue el pisoteado Alfredito.
Terminó la toma de protesta y comenzó la segunda pista del circo. Morena se desmoronó. El soberbio bloque legislativo, ese de la gran alianza, valió queso; no pudo, se lio a golpes verbales internos; en un tenso ambiente, iniciaron las acusaciones mutuas.
La culpa fue de todos y de nadie, hasta su más reciente adquisición, la pandilla de Carlitos y su ADN, fueron señalados por el dedo acusador. En la misma silla sentaron a los del Partido del Trabajo y hasta los de Servicios Parlamentarios resultaron responsables de la derrota guinda.
La cátedra de operación política, se repitió. Cero y van dos.
Los de Morena siguen sin dar crédito, no saben en qué momento les llegó la flaca y mientras intentan explicarse –y justificar ante sus jefes-, lo sucedido, López Solís se consolida como uno de los grandes operadores políticos tras obtener 29 de 38 votos válidos, un mensaje claro de la fortaleza que mantiene el Ejecutivo. La lectura es clara y eso, hasta el más ciego lo ve. ¡Aplausos!