Ángel, el niño que vio fragmentada su vida por los granadazos del 2008

Staff/Reportero

Morelia, Michoacán.- Apenas tenía 13 años y toda una vida por delante, pero aquellas granadas del 2008, detonadas en el centro de Morelia, fragmentaron su existencia.
Las esquirlas perforaron piernas, abdomen y brazos de Ángel Uriel, quien aún luchó por su vida cuatro días más.
A unos metros, yacía el cuerpo agonizante de su abuelita -de 76 años-. Los fragmentos de acero habían entrado por el ojo izquierdo y causado lesiones mortales en la cabeza, según recuerda Rocío García Guerrero, madre de Ángel Uriel.
“El niño siempre estuvo procurando por su abuelita. Pedía que la atendieran y me mandaba recados de que no me preocupara… que él estaba bien”, narra Rocío.
Ella vive con esquirlas en la garganta y otras partes del cuerpo.
En diversos testimonios documentados, relata que extraña ver a su hijo brincar por la ventana para salir a recibirla cuando llegaba del trabajo en la colonia Ejidal Issac Arriaga.
“¡Mami, mami, llegaste! Te quiero mucho”, le gritaba él.
Ángel Uriel vivía con su madre, su abuelita Elisa Guerrero García y su hermanita Alexa, entonces de sólo un año de edad.
La tarde del 15 de septiembre del 2008, su tío José García Guerrero los invitó al centro de Morelia con la finalidad de presenciar los festejos del Grito de Independencia.
Rocío recuerda que, para las 23:00 horas, al repique de las campanas su hijo gritaba con la multitud ¡Viva México!, ¡Viva México!…
Y entonces vino el mortal estallido.
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“Su valentía me impactó”
Alfonso Bustos fue uno de los primeros paramédicos que llegaron esa noche a la escena de los atentados, catalogados como el primer acto terrorista en México.
La confusión reinaba y entre los asistentes creían que habían estallado algunos fuegos pirotécnicos.
Pero cuando los pocos socorristas que había en la zona vieron la dantesca escena, la cruda realidad los golpeó en lo más profundo: era un artero ataque contra civiles inocentes.
“Entre toda la gente que estaba tirada, amputada o con lesiones graves, había un niño. Era un niño al que estaba yo atendiendo, de unos 10 u 11 años”, relató Bustos al año siguiente.
Recordó que el menor pedía que no lo atendieran a él, sino a su abuelita y a su mamá.
“Me dijo `yo me espero, ¡por favor ayuda a mi mamá!´. Me sorprendió la fortaleza, el valor de ese niño que también tenía los pies destrozados. Es algo que tengo marcado”, narró.
En las imágenes que quedaron registradas esa noche, el menor se observa siempre consciente.
Los paramédicos tuvieron que buscar contener las hemorragias de los orificios que habían lesionado mortalmente su cuerpo. Fue necesario romper su pantalón para apreciar cada perforación.
Ante las decenas de heridos, las gasas escasearon en un instante. Los socorristas pedían toallas femeninas y todo aquello que ayudara a atender a los caídos.
Ángel Uriel fue llevado aún con vida al hospital. Murió a los cuatro días, luego de sufrir dos paros cardiorespiratorios, pero su madre -como era su voluntad aquella noche- logró sobrevivir.
“Me impactó mucho su valentía, su fortaleza”, expresó el paramédico que trató de salvarle la vida también al niño.
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“Mi hijo está de viaje”
De acuerdo con las investigaciones, en los ataques de esa noche los sicarios utilizaron una granada de fragmentación modelo M61, de fabricación norteamericana y un alcance letal de hasta 30 metros.
Estalló entre la multitud, tras ser lanzada en una dirección de sur a norte, cayendo a unos 25 metros del Palacio de Gobierno, entonces ocupado por Leonel Godoy, actual operador político de Morena, el partido del presidente Andrés Manuel López Obrador.
El explosivo detonó al tocar piso, por lo que las víctimas -fallecidas y lesionadas-, sufrieron la mayor parte de las heridas en extremidades inferiores.
Varios fragmentos alcanzaron la humanidad de Ángel Uriel.
“En un momento se acabó la alegría y se volvió en desesperación, en saber qué pasaba, voltear y ver gente herida, ver gente con sangre y no saber qué estaba ocurriendo”, recuerda la madre del niño.
En las dos detonaciones de esa noche, también murieron siete adultos, la mayoría mujeres: Gloria Álvarez Bautista, Leticia Tapia Guerrero, María del Pilar Navarro, Martha Elena Quintero, Elisa Guerrero  García y Juan Ríos Pescador.
Los restos del niño descansan en una cripta al sur de la capital michoacana. 
Su padre -a quien la noticia de los atentados lo tomaron viviendo en la Ciudad de México- así lo despidió:
“Siempre estás en mi corazón. Te amo mi niño. Dios te bendiga por lo grande que fuiste, por la felicidad que me diste. Siempre te amaré mi amor, mi angelito. Atentamente, tu papá”.
Para Rocío García, su hijo está de viaje. Ése pensamiento, y la hija que le sobrevive -actualmente ya de 12 años de edad- la mantienen en pie.
“Mi hijo sigue de viaje. Me niego a creer que ya no lo voy a ver. Sé que algún día nos vamos a reunir nuevamente”, asegura.

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